Comunicador Social y Periodista
Para nadie es un secreto que la clave del éxito en el campo profesional,
político, económico, laboral, profesional y en todos los ámbitos de nuestra
vida depende de las habilidades para hablar, comprender, escribir y escuchar. Cada
una de estas capacidades son importantes para alcanzar el liderazgo, pero la
expresión oral y muy particularmente los lenguajes no verbales son cruciales,
ya que reafirman o invalidan todo cuanto manifieste el orador. Por esto, la
efectividad al entregar un mensaje radica no solo en lo que se dice sino
en cómo se dice; es decir, lo que se expresa sin el uso de las palabras. El
contenido del mensaje es importante, pero mucho más, la forma como el orador lo
entrega a su auditorio. De esta habilidad depende que se genere una
verdadera empatía, confianza, seguridad, convicción, motivación e interés de
parte de quienes reciben el mensaje.
Los
verdaderos líderes tanto a nivel nacional como mundial, son aquellos con
una gran capacidad en la expresión oral, porque comunican afectiva y
efectivamente sus ideas a su público. Ha quedado demostrado que los lenguajes
no verbales tienen más impacto que el significado de las palabras y que el
discurso. Estos, lo constituyen los movimientos corporales, el tono de la
voz, la mirada, el manejo de las manos, las micro expresiones faciales,
sentimientos, estado de ánimo, temores, emociones y muchas otras actitudes que
se manifiestan inconscientemente y con mayor contundencia cuando nos
enfrentamos al público, o simplemente cuando sostenemos una conversación.
El
resultado de una investigación publicada por History Channel, indica
que las expresiones no verbales tienen un 93 por ciento de
importancia frente a las palabras, lo cual evidencia que lo no verbal, juega un
papel decisivo el éxito de la presentación de un mensaje oral. Las
palabras solo tienen el 7 por ciento de importancia en la presentación oral del
mensaje.
Una
máxima hindú, indica que “quienes saben mucho y no saben expresar lo que
saben, están en el mismo papel de los que no saben nada”.
Los
movimientos corporales:
Son
los comportamientos del cuerpo que realizamos cuando nos dirigimos al público,
muchos de los cuales manifestamos inconscientemente. Se debe tener
cuidado en no incurrir en algunas actitudes que no solo pueden distraer la
atención de nuestros interlocutores, sino que hacen que nuestro mensaje pierda
por completo la atención y el interés de quienes nos escuchan. Caminar
agachados, frotarse y cogerse las manos, hacer movimientos
de hombros y de cintura innecesarios, inclinar la cabeza, poner las manos
en los bolsillos, respirar profundamente, mostrar inseguridad y desconfianza,
sentarse de forma descuidada, ser muy rígidos al estar de pie, distraer la
mirada, realizar movimientos exagerados al caminar, mirar con sorpresa,
exagerar los movimientos de la boca y los labios, cogerse la nariz, pasarse las
manos permanentemente por el cabello, perder la naturalidad, son signos
delatores de inseguridad, desconfianza y temor.
El
público es como un espejo para el orador, ya que su forma de manifestarse
corporalmente se ve reflejada en las reacciones que el auditorio asume. Si la
exposición les resulta amena, entonces, reaccionará de manera atenta
demostrando interés y deseo de participar; mientras que, si la intervención no
es agradable, el orador verá a un público aburrido, desinteresado y frío.
Mirar
al público es importante, sin que esto signifique centrar la atención
exclusivamente en una sola persona o en una sola parte del auditorio. La mirada
no puede distraerse en situaciones que no interesen al público. Cuando fijamos
la mirada en el techo, a uno de los lados del auditorio y en el piso, estamos
expresando dudas y falta de seguridad.
El
tono de la voz:
Uno
de los factores que influye en un alto porcentaje en el éxito de la
presentación de un mensaje, lo constituye el tono de la voz.
Para
que las palabras de un discurso, alcancen su significado preciso, el orador
debe ponerle la intención a cada una de estas.
Leer
un discurso sin el tono adecuado, será como declamar un poema de una forma
simple, es decir, sin convicción y sin ningún sentido. Para darle el tono
adecuado, a las palabras que conforman un discurso, no se necesita utilizar un
volumen alto, ni un ritmo melódico o deslumbrante; lo que, se requiere, es que
nuestra actitud sea consecuente con las palabras que pronunciemos. La
autenticidad de un orador se da cuando sus palabras concuerdan con lo que
expresa el tono de su voz y el manejo de sus lenguajes corporales.
El
tono tiene que ser muy expresivo, es decir, que manifieste vida, intensidad,
emotividad y pasión de tal forma que haya concordancia entre el significado de
las palabras y el tono que utilice.
El
tono de la voz en un discurso juega un papel importante para darle sentido y
entusiasmo a cada una de las palabras que pronunciemos. Siempre debe haber
coherencia entre lo que decimos y los que demostremos. Es por esto, que debemos
tener en cuenta que para expresar un mensaje debemos demostrarlo con mucha emotividad.
Los mensajes de alegría deben manifestarse con rotunda alegría; los de tristeza
con profundo dolor. El tono es como el aliño que se aplica a los alimentos
para realzar su sabor. El tono en un discurso refleja lo que
verdaderamente siente el orador.
Los
oradores que logran ganarse la atención e interés de su auditorio, son aquellos
que dan el tono que requiere el discurso. Los que utilizan un tono de voz
simple, no lograrán persuadir, ni tampoco mantener expectante al auditorio.
Para que un mensaje impacte de forma positiva dentro del público, el tono de la
voz debe ser consecuente con las palabras y con lo que se dice. Los tonos sin
armonía y sin convicción harán que se pierda el interés del discurso. Lo
importante no es lo que se dice sino cómo se dice.
Los
discursos expresados sin un tono que se ajuste a las palabras del discurso,
pueden ser interpretados como incoherentes, pues si no se tiene la capacidad de
pronunciar y sentir lo que se manifiesta, el mensaje podrá interpretarse en
otro sentido totalmente diferente. De nada servirá que las palabras que se
utilicen dentro del mensaje tengan un gran significado, si el orador no le de
da la interpretación y el sentido que estas exigen, podrían ser interpretadas
como burlas y sátiras.
En
un mensaje la voz no es importante; el tono, sí.
Un
orador con la capacidad de ponerle el tono apropiado a su discurso convence
más, que el orador que posee una voz bonita y melodiosa, pero sin la
capacidad de imprimirle la intensidad que requiera el mensaje. Tienen razón los
que dicen que a los oradores los podemos comparar de la misma forma que a los
cantantes: Los cantantes que tienen buena voz, pero que no sabe cantar y los
cantantes que no tienen buena voz, pero que saben cantar e interpretar.
La
modulación, la dicción, la vocalización, la inflexión, el ritmo y el estilo
propio son características del buen orador, pero se recomienda mantener un
ritmo adecuado al hablar, que no sea muy rápido, ni pausado y con un
volumen de voz moderado, ni muy alto, ni muy bajito.
El
Periodista y escritor Juan Gossaín, señala: “El buen orador debe ser un
verdadero actor ante su público. En una entrevista que concedió a su colega,
Germán Díaz Sossa, para el libro: Así se habla en público, coincide en afirmar
que la voz no es tan importante, sino los matices. Sobre el particular,
enfatiza: El buen orador debe ser capaz de actuar un poco con la voz. Que
le ponga el tono que se requiera. Intimista o de enojo e indignación si así se
requiere. Es decir, que el actor no sea el orador sino su voz.
Un
mago, un genio absoluto de los matices era Jorge Eliécer Gaitán. Él hablaba
como doctor ante los doctores, como gamín en los parques de Bogotá. Ese era un
genio en el manejo de la voz.
Gaitán
se sintonizaba con el auditorio. Y lo que es más interesante: No importando que
auditorio fuera. Era capaz de cautivar a los emboladores, pero también a un
jurado de abogados en un foro, en un juicio, en los famosos viernes culturales
que hacía en Bogotá, en el Teatro Municipal. Todo esto se puede escuchar en los
discos, en las grabaciones que hay de Gaitán. Los discursos dependían mucho de
los tonos y los tonos de los temas y de quienes estaban presentes. Hay que
empezar por convencerse así mismo. El que no sea capaz de convencerse así mismo
de lo que está diciendo, no convence a los demás. Eso es importante en un
orador: que sea él mismo se crea su cuento antes de hacérselo creer a los
demás.